miércoles, 25 de marzo de 2015


Cuidado con lo que deseas

 

A lo largo de toda mi vida todo lo que tenía lo perdía. Perdí a mis padres, luego perdí mi empleo y por último lo mejor que me había sucedido: Gabriela, mi gran amor. Un día simplemente me dijo que yo no era lo tierno y dulce que buscaba en un hombre y se fue. Así a los veinte años me quedé completamente solo y sin nada.

Varias veces intenté que volviera conmigo, le juraba que había cambiado pero nunca me creyó. Por amigos en común supe que unos meses más tarde conoció a otro hombre y luego de un año de noviazgo se casaron. Pese a esto yo no me resignaba estaba decidido a recuperarla, pero desde luego todos mis intentos fracasaban uno tras otro.

Creyendo que todo estaba perdido vagué por las calles sin ningún interés en la vida. Fue en ese momento que me crucé con un extraño ser: era un hombre encorvado, con el cabello largo y gris y un aspecto horrible. Me pidió unas monedas, pero me negué puesto que casi no me quedaba dinero.

-Si me regalas las monedas que te quedan puedo concederte el deseo que quieras –me dijo con una voz carrasposa.

Lo miré extrañado.

-¿De qué habla? –exigí.

-Lo que te dije, todas tus monedas a cambio de un deseo.

-Y ¿cómo sé que no me quiere timar?

-Mis deseos funcionan, siempre. Todos los que han deseado antes de que ti fueron felices.

¿Qué tenía que perder? Si ya lo había perdido todo.

-De acuerdo –acepté y le di el dinero.

-¿Cuál es tu deseo? –jugueteó con las monedas.

-Hay una chica, se llama Gabriela, era mi novia quiero que me vuelvas ante sus ojos lo más tierno y dulce.

-¿Estás seguro de  que ese es tu deseo?

-Desde luego.

-Muy bien, será como quieras. Mañana cuando te despiertes se habrá cumplido tu deseo.

Luego de eso me fui a dormir sin mucha convicción de que realmente fuese a pasar algo. La noche transcurrió con tranquilidad. Hasta que comencé a tener horribles pesadillas y luego mucho frio.

Desperté, intenté levantarme pero mi cuerpo no respondía a prácticamente ninguno de mis órdenes de movimiento. Sentía aún frio y mal olor. Miré hacia los lados, estaba en la calle, no sabía cómo había llegado allí pero así fue. Intenté gritar para solicitar ayuda pero lo único que se hoyó fue fuerte llanto.

En ese momento fue que oí una puerta que se abría y vi a mi gran amor Gabriela. Pero era extraño la veía desde una perspectiva distinta, como si de repente se hubiera vuelto un gigante, se agachó y me levantó.

-Ya, ya –me dijo y me dio ligeros golpecitos en la espalda.

Intenté hablarle, que me explicara que sucedía, pero de nuevo mi voz no se hizo presente solo algunos sonidos guturales. Sentía que me cabeza estallaría, no entendía nada.

-¿Qué sucede? –preguntó Jorge el actual esposo de mi gran amor que se hizo presente en el living de la casa.

-No lo sé, lo encontré afuera –respondió ella.

Quise hablar de nuevo, explicar que no sabía cómo había llegado hasta allí, pero de nuevo me fue imposible.

-Hay que llevarlo a la policía –sugirió el hombre, sentí temor de aquello, me iban a encerrar en una prisión sin haber hecho nada.

-Tal vez, pero antes habría que cambiarlo.

¿Cambiarme? ¿Por qué? Me llevó hasta una mesa y me recostó, me sorprendí de caber en ella.

-¿Quién se hizo popo? –exclamó ella en forma juguetona y tierna -.Me parece que este bebito –me besó en la barriga.

¿Bebito? ¿de qué estaba hablando? Fue en ese momento que miré hacia el costado y vi mi reflejo en un espejo cercano. Realmente había sucedido me había trasformado en un bebé con todas las letras. Entré en desesperación quise hablar pero una vez más lo único que se oyó de mi fue un llanto.

-Ya, ya –me calmó Gabriela mientras yo veía como me limpiaba la colita, aparentemente el mal olor que sentía provenía de mi- ¿Podrías ir a cómprame un paquete de pañales? –pidió a su marido el cual accedió y salió de la casa.

A solas me tomó en brazos, me acurrucó en su pecho, y mientras me mecía suavemente entonaba una dulce melodía. Al mismo tiempo yo intentaba entender que sucedía como es que me había trasformado de la noche a la mañana en un bebé.

-Eres la cosita más dulce y tierna que existe -me acarició la cabeza con una enorme sonrisa.

Esas palabras me hicieron reaccionar, el brujo realmente había cumplido mi deseo, lo había cumplido pero no de la forma en que ya quería que fuese.

El esposo de Gabriela regresó con el paquete de pañales y algunas otras cosillas. Ella volvió a recostarme en la mesa, fue en esa segunda oportunidad que recaí en la cuenta de que estaba completamente desnudo. Me colocó un pañal y luego un enterito de color rojo con los dibujos de unos conejos. Torpemente comencé a moverme, no sabía que los pañales podían ser algo tan incomodó, prácticamente no podía cerrar las piernas.

Tenía que encontrar una solución, de ninguna manera podría tolerar todo aquello durante mucho tiempo. No toleraría estar como un bebé mucho tiempo más.

El día prosiguió con continuas charlas entre Gabriela y Jorge debatiendo que harían conmigo. Yo por mi parte intentaba descubrir una forma de volver a la normalidad, cosa que no lograba descubrir. Lo que si descubrí es que no tenía ningún control de mi vejiga y esfínter. Mientras meditaba fui descubriendo como mi pañal se llenaba de pipi volviéndolo húmedo y pesado, intenté controlarlo, detener el pipí pero como a casi el resto de mi cuerpo nada no obedecía a mis órdenes.

La verdad estaba muy incomodó, pero más incomodó me hacía sentir que Gabriela me cambiara los pañales como si fuera un bebé, que me hablara como si fuera un bebé, en definitiva que me tratara como un bebé, lo que en realidad era.

Intenté aguatarme lo que más puede, pero finalmente también me hice popo y el mal olor me delató. Mi gran amor lo notó, me dio unos golpecitos en la parte trasera del pañal, al sentirlo pesado se dio cuenta de que lo había ensuciado.

Como siempre con una gran sonrisa, volvió a cambiarme de pañal, el segundo cambio en mi vida, y estaba seguro de que no sería el último a menos que encontrara una solución.

Gabriela era muy tierna y cálida conmigo, como lo sería una mamá. Por su parte Jorge apenas si me miraba (cosa que no me importaba), pero me preguntaba como ella podía estar con un tipo tan frio.

En mi nuevo cuerpo me cansaba más rápidamente es por ello que Gabriela me recostó en su cama y se colocó a mi lado, y acariciándome suavemente el pecho me hizo dormirme. Luego al despertarme, y notar que nuevamente habían mojado y embarrado mi pañal, me llevó al baño. Allí me limpió y luego me dio un baño tibió. Una vez limpio me colocó un nuevo pañal y me dio de beber una mamadera llena de leche.

A pesar de que esto no era lo que había deseado compartir con ella todos estos momentos me hacían muy feliz.

Luego de una semana era casi un hecho de que me quedaría con Gabriela y su esposo. Frecuentemente mi gran amor me llevaba a pasear en cochecito, yo aprovechaba aquellos momentos para mirar de un lado a otro esperando encontrarme con el brujo que me había hechizado, cosa que nunca sucedió.

En ese tiempo también construyeron una habitación para mí y la llenaron de cosas: una cuna donde dormía y sobre ella pendía un andador que lo ponían a funcionar para hacerme dormir. Había un mueble cambiador y en los cajones abundaban ropa de bebé: enteritos, mamelucos y demás cosillas.

Y por supuesto que en la habitación rebosaban las cremas, el talco y los pañales. Pañales a los que no podía acostumbrarme a pesar de usar un promedio de siete por día. Ni a eso me acostumbraba, ni a que Gabriela me viera solamente como un tierno bebito, a pesar de que me demostraba mucho cariño no era el que deseaba.

Hasta que finalmente un día no podía dormirme, con dificultad me bajé de la cuna y gateando (por que no podía caminar) fui hasta la habitación de mi gran amor. Cuando entré la vi a ella acostada junto a su marido, se acariciaban y se decían cosas mi bellas en cuanto a los sentimientos que se tenían el uno por el otro.

Fue allí cuando lo entendí por fin. No importaba cuanto hiciera, ella jamás regresaría conmigo  porque amaba a su marido.

Sentí una gran pena.

-Pero aún queda algo –me dije a mi mismo.

En seguida sacudí la cabeza para quitarme esa idea tonta, pero no se iba y cada vez eras más fuerte.

-Y ¿si me quedara como bebé? –me pregunté.

Así podría estar al lado de Gabriela para siempre, no de la forma en que deseaba, pero era mejor que nada. Después de todo no tenía nada bueno en mi anterior vida, podía empezar una nueva vida con Gabriela a mi lado, era perfecto, lo único que tenía que hacer era aguantar los pañales.

Regresé a mi cuarto. Intenté subir a la cuna pero se me hizo imposible. Grité por ayuda lo cual se manifestó en un fuerte llanto que hizo que Gabriela fuera a verme. Al llegarme me vio, me alzó y comenzó a mecerme.

-Ya, ya bebito, hermoso –exclamó.

Me colocó un chupete en la boca, me recostó dentro de la cuna otra vez, me alcanzó un oso de peluche y entonó una dulce canción para que me duerma. Antes de hacerlo me convencí de que pese a todo (la incomodidad de los pañales, a ser un bebé y demás cosas) me iba a quedar así, por ella.

Esa es mi gran historia, jamás volví a la normalidad, mi gran amor se convirtió en mi nueva mami, yo me quedé como el más dulce y tierno bebé.

domingo, 15 de marzo de 2015

Este es un capítulo del libro "El instituto AB" el cual pueden adquirir visitando nuestra pagina de Facebook: https://www.facebook.com/cuentosabdl, esperamos les guste.


Capítulo 12

 

LARA… UN BEBÉ

 

Me desperté a medianoche, me moví un poco en la cuna y sentí el pañal más incomodó de lo habitual, en seguida me di cuenta de que lo había embarrado otra vez sin percatarme. Era realmente incomodó sentir como el popo se aplastaba y se desparramaba más y más con cada movimiento mío. Aun así me resistí de fingir un llanto para que me cambiaran.

Miré a un lado y vi a Lara durmiendo a en la cuna contigua. Estaba volteada hacia mi lado. Dormía plácidamente con su chupete en la boca y abrazada a un oso de peluche.

Hacía días que la veía distinta, estaba actuando como un… bebé. Imaginé que su tratamiento estaba llegando a su fin.

Volteé, y me quedé mirando hacia arriba y otra vez sentí la incomodidad del popo desparramándose por mi cola y el pañal. Pese al malestar permanecí así un largo rato observando hacia el techo. No tenía pensado quedarme sucia, pero en algún momento el sueño regresó a mí y me quedé dormida.

Como siempre volvía despertarme cuando el sol ya había salido. Sentí un poco de ardor en mi cola, allí recordé que durante la noche me había hecho popo y no había pedido un cambio de pañales. Mira a un lado y a otro, muchas “mamis” ya atendían a sus “bebés” pero no veía la mía y ya no aguantaba más el pañal en aquel estado. Así que me puse a llorar fuerte como me habían enseñado a hacer cuando quería algo.

Mónica apareció en pocos segundos.

-¿Qué pasa bebita? –me preguntó al tiempo que me acariciaba la cabeza.

Al ver que no me calmaba me examinó la entre pierna y luego miró el pañal por detrás

-Creo que esta bebé, ya necesita un cambio.

Me levantó y me colocó sobre el mueble cambiador desplegó el pañal y vio el amontonamiento de popo de la noche. Con amor tomó toallitas húmedas y me limpió con cuidado, luego me untó crema para las paspaduras y me ajustó un nuevo pañal. Mientras ella hacia esto yo me entretenía chupándome el dedo gordo, no intentaba darle el gusto a nadie, solo era un auto reflejo que encontraba placentero.

Al tiempo que esto transcurría miré hacia un lado, y vi como vestían a Lara. Le habían colocado un bello vestido rosa con voladitos en el cuello y las mangas, y que dejaba al descubierto su pañal. Medias de color similar y nos zapatos rojos. Mientras le cepillaban y desenredaban su corto cabello, ella jugueteaba con su chupete en la boca.

En ese momento Mónica me alzó y llevó a la habitación contigua, era hora de mi leche. Succionando ese néctar dulce y refrescante perdí la noción del tiempo.

Cuando terminé, Mónica volvió a tomarme en brazos y me trasladó hasta el lugar donde estaban todos los bebés. Me sentó dentro de un corralito para que jugara con los otros niños.

Algunos bebés me tiraban una pelota en forma de invitación a jugar pero yo tenía puesta mi atención en una escena que no ocurría muy lejos de donde estaba. Una mujer y un hombre de unos cuarenta años cada uno, jugueteaban con Lara que estaba sentada en un cochecito a su medida. La niña respondía con sonrisas y risas. La mujer la alzó por encima de su cabeza y la movió en forma divertida. La doctora Morrigan se acercó para hablar con ellos. Después de intercambiar pocas palabras, volvieron a colocar a Lara en el cochecito y se trasladaron hacia la puerta.

Al pasar a mi lado y ver que no dejaba de observarlos, la mujer se me acercó y me acarició la cara.

-Qué bonita bebé –exclamó.

-No lo es aún, pero lo será pronto –dijo la doctora Morrigan unos pasos más atrás y sonriendo con desprecio como acostumbraba a hacer.

Los tres continuaron el camino junto a Lara. Entonces lo comprendí, ella se había convertido en un bebé como pronto me pasaría a mí.

martes, 24 de febrero de 2015


El precio del capricho (2da parte)

 

Después de que Paola recibiera un terrible escarmiento debido a su comportamiento, éste se modificó y mejoró notablemente. Pero no duró mucho, en poco tiempo la niña volvió a sus antiguos caprichos y muy rápidamente su conducta se volvió a parecer mucho a la anterior.

Su madre en varias ocasiones la amenazó con volver a implementar el mismo castigo pero a Paola ya era otra y no veía con tan malos ojos pasar otra semana como una bebita.

Frente a este panorama Flavia la madre de Paola, volvió a consultar a la amiga que le diera el plan inicial. Ésta se sorprendió al escuchar lo ocurrido. Sin embargo tenía un nuevo plan para que de una vez por todas, la joven, madurara y por otro lado no disfrutara de su nuevo periodo como bebé, esta vez tenían que ir un poco más lejos.

Con este propósito Flavia se pasó todo el día en la calle buscando lo que necesitaba para, una vez más, imponer un castigo ejemplar a su caprichosa hija.

A la noche le anunció a Paola que al día siguiente comenzaría su correctivo. La impetuosa adolecente se rio a carcajadas y se marchó a su habitación, por dentro gozaba la idea de volver a ser tratada como una bebita sin embargo no tenía idea de lo que se había preparado para ella.

Cuando el sol comenzaba a asomarse por el este, Flavia entró a la habitación de su hija y como lo había hecho meses atrás comenzó a desvestirla para ponerle un pañal y demás ornamentos de bebé. Paola no se resistió porque en verdad lo estaba disfrutando, no obstante su semblante cambió cuando vio que su madre le ponía un uniforme similar a la de niños de jardín y le colgaba una mochila.

-¿Qué… qué es esto? –atinó a decir la niña.

-No pensaras que vas a pasar otra semana sin hacer nada tirada en una cuna, vas a ir a la escuela pero ya que insistís en ser una bebita entonces te voy a llevar al lugar que corresponda.

Al entender lo que se había planeado Paola empezó a gritar y a resistirse, sin embargo su madre mostrando una gran fuerza logró sacarla a la calle. La niña pasó el ridículo de su vida cuando sus vecinos la vieron, por lo tanto se arrojó dentro del auto sin pensarlo. En el asiento de atrás había una sillita para bebé pero de su tamaño. Su madre la sentó allí y leajustó el cinturón y se dirigieron hacia su destino.

Durante todo el viaje Paola suplicaba a su madre para que se apiadara pero ésta hizo caso omiso y siguió adelante con el plan.

Al arribar a un jardín frenó el auto y le dijo a su hija que descendiera, la cual desde luego se negó a hacerlo. Su madre sacó su celular y le tomó una foto, y la amenazó que si no bajaba del auto subiría esa foto al Facebook para que todos sus compañeros la vieran. Frente tal amenaza Paola no tuvo otra opción que obedecer.

Su madre la llevó de la mano hasta la sala en la que iba a estar. Cuando ingresó todos los niños se rieron dela imagen, sin embargo la maestra la recibió con naturalidad como si de un niño más se tratara.

Durante todo el día debió compartir y hacer las mismas cosas que los demás alumnos del jardín. Tuvo que jugar, dibujar y demás cosas. Paola sentía que iba a morir de vergüenza de un momento a otro.

Cuando fue la hora de ir al baño todos los niños formaron dos filas una de varones y otras de niñas. La joven se formó con estas últimas pero la maestra la apartó.

-No necesitas el baño –le explicó -.Para eso los pañales.

-¡¿Qué? ¿Tengo que hacérmelo encima delante de todos?!

-¿Qué tiene de malo? Tengo muchos pañales, así que no tepreocupes yo después te cambio. Además tu mamá aseguró que te encantaba usarlos, así que adelante no tengas vergüenza.

-Pe… pero.

-Nada de peros cuando tengas ganas simplemente hace pipi –concluyó con tono cariñoso la maestra.

Desde luego Paola intentó aguantar todo lo que podía pero no fue lo suficientemente fuerte. En el peor momento cuando todos los niños volvieron al salón ella ya no aguantó más y liberó todo el pipi que tenía acumulado. La maestra lo notó y la palpó en la entrepierna.

-Te hiciste pipi –exclamó en voz alta.

Todos los niños estallaron en una fuerte carcajada al ver como se llevaban a la joven a otra sala. La recostó en un cambiador plástico la quitó la ropa sucia, la limpió con una toallita húmeda y le colocó un nuevo pañal. Éste era tan grande que sobresalía por debajo del uniforme.

A la hora de tomar la leche, todos los niños recibieron una tacita donde le servían, pero Paola recibió una mamadera y de allí debió beber, lo que le costó nuevas burlas.

Conforme los días pasaban las acciones se volvían a repetir. Paola suplicaba a su madre que le quitara el castigo, juraba que había aprendido la lección y que estaba arrepentida. Sin embargo Flavia siguió adelante con lo planeado y de hecho puso en marcha la segunda parte del castigo.

 Sin que Paola se enterara, su madre le dio a la maestra un poderoso laxante que debía poner dentro de la leche.

Así fue llegado el momento y sin saberlo la adolescente ingirió todo el contenido de la mamadera junto al laxante. Luego de media hora el medicamente comenzó a hacer efecto. Paola suplicó a la maestra que le permitiera utilizar el baño pero ésta se lo negó como siempre. La joven no aguantó más y soltó todo el popo acumulado inundando todo el pañal. Sus compañeros volvieron a reírse y burlarse al darse cuenta de lo sucedido. Nuevamente la llevaron a una sala contigua para limpiarla.

-No te preocupes, son cosas que le pasan siempre a los bebes –dijo la maestra con tono maternal en el camino y al mismo tiempo le daba palmadas en la cola aplastando más el popo.

Como los días anteriores fue recostada, limpiada, llenada de talco y vuelto a colocar un nuevo pañal.

Los días pasaron y cada nuevo día en el jardín Paola sufría lo mismo, para colmó sin saberlo seguía tomado el laxante y haciéndose popo frente a todos los niños. Por otra parte su madre notó que su actitud ya era otra, por lo tanto llegado a las dos semanas decidió levantar el castigo.

-Mañana va a ser tú último día en el jardín. Pero –advirtió -.Si volver a tus antiguos caprichos voy a imponerte un nuevo castigo y cada vez va a ser peor.

La niña juró un cambió rotundo y su madre le creyó.

Al día siguiente, sabiendo que su castigo finalizaba se dedicó a disfrutar del día en el jardín y del trato que le daban más allá de las burlas. Hablaba como bebé, y se ponía a llorar cuando necesitaba un cambio de pañal. Tomaba la mamadera y lo disfrutaba, y luego se divirtió junto a los otros  niños dibujando, aprendiendo o escuchando atentamente los cuentos que la maestra les leía.

Finalizado el castigo Paola regresó a su escuela normal, se sentía un poco triste en ese lugar, sabía que bien que los profesores que tenía no serían tan dulces como la maestra del jardín que diariamente la había tratado como una bebita.

 

domingo, 22 de febrero de 2015


Descubriendo el mundo AdultBaby

 

Estaba nervioso, muy nervioso. Jamás lo había confesado, ni siquiera se me había cruzado por la cabeza el hacerlo. Pero aquel día me sentía distinto, pensaba que Diego lo iba a entender.

Él y yo nos conocemos desde la secundaria y ahora con veinte años íbamos a la misma universidad, si había alguien que pudiera comprender y compartir mi más grande secreto era él.

Así lo hice entonces, café de por medio le conté el placer que sentía al poder vestirme y actuar como un bebé, le expliqué del mundo Ab que desconocía por completo. No decía nada solo me observaba mientras yo hablaba sin parar, pensé que ese silencio significaba que compartía lo que oía y que le agradaba, pero me equivoqué.

-Después de tantos años me doy cuenta de que no te conozco para nada, estás enfermo –fueron sus sepultadoras palabras.

Se levantó y se marchó y a partir de aquel momento simplemente me ignoró. Debo confesar que sufrí mucho la ausencia de mi amigo, más me dolió que no entendiera la verdadera pasión del mundo AB.

Fue en aquel momento de desazón que un plan comenzó a formarse dentro de mí, uno que despertaría en Diego el mismo amor por los pañales como yo lo tengo.

Un frio sábado de abril mis padres salieron de viaje y estarían fuera un par de días, fue el momento propicio para poner en marcha mi plan.

Llamé a Diego y con la excusa que tenía que devolverle unas cosas suyas lo convencí de que me visitara en casa.

Una vez que llegó me mostré distante igual que él, pero sin que se diera cuenta le coloqué un somnífero en la bebida que le serví. Diego no se percató e ingirió el total del jugo. Tuve que aguardar unos breves instantes a que hiciera efecto y cuando lo hizo puse en marcha mi plan.

Cuando Diego se despertó debo admitir que se veía muy tierno, con su enorme pañal celeste, guanteletes en las manos, unas medias de bebé a medida y un lindo babero y recostado y atado a una bella cuna. 

-¡¿Qué es todo esto?! –exclamó sobresaltado viéndose las ropas que le había puesto.

-Esto es lo que yo llamó rápidas lecciones de AB.

-Estás loco.

-Eso me decís ahora, vamos a ver qué piensas en unos días.

-¿Unos días?

-Sí, por unos días vas a vivir la vida de un bebé, y vas a ver que te va a terminar gustando.

-¡¡¡Loco estas!!!

Para que no siguiera gritando e insultándome le puse un chupete en la boca que no podía escupir porque estaba agarrado a una cinta que se sujetaba a la cabeza. Por mi parte me quité los pantalones y le mostré que también yo llevaba pañales.

-¿Ves? Para que no te de vergüenza no sos el único.

Diego balbuceó unas palabras sin que se pudiera entender nada.

-Ya vas aprendiendo a hablar como bebé, te felicito.

Desde luego tal burla lo alteró más, pero yo no me iba a dar por vencido, lograría convertir a mi amigo en el mejor de los bebes adultos.

Las primeras horas fueron complicadas: no quería comer, ni beber nada de lo que le ofrecía, ni hablar de que hiciera cosas de bebes. Sin embargo entrada la tarde la sed lo venció y me pidió, por medio de gestos, tomar algo.

En ese momento tuve mi oportunidad, me fui hasta la cocina y le preparé una mamadera con leche y dentro le puse un fuerte laxante.

Por supuesto que cuando le ofrecí la mamadera se reusó, pero la sed era más fuerte que su orgullo y finalmente la tomó torpemente a través de los guantes y se bebió todo el contenido. Fue muy tierno verlo.

Debido a tener el estómago lleno y la leche tibia se fue quedando dormido, me senté a su lado y lo contemplé. Luego de un rato escuché como su panza hacia fuerte ruidos. Después de eso escuché un gas y por último lo que esperaba, sin despertarse, embarró todo su pañal. Era tanta la cantidad que la parte trasera del pañal estaba toda marrón. Sonreí satisfecho frente a mi gran logro.

Lo acaricié en la cabeza y se despertó.

-¿Qué pasa? –dijo.

-Es hora cambiarte el pañal, bebé.

-¡No soy un bebé!

-¿Ah no? ¿Decime una cosa porque lo bebes usan pañales?

-Por qué… se ensucian –me respondió vacilando.

-Y ¿no es lo que vos hiciste?

-¡Claro que no!

-Y ¿cómo llamas a esto entonces?

Le empecé a dar palmadas en la cola y Diego sintió todo el popo que había en su pañal, y sintió como se desparramaba más con cada nuevo golpe mío.

Fue en ese momento que se percató de lo que había sucedido y lo único que atinó a hacer fue ponerse a llorar como el mejor de los bebes.

-Ya, ya –intenté calmarlo -.No pasa nada, tengo mucho pañales.

Le coloqué nuevamente el chupete en la boca y le quité el pañal que tenía sucio y le coloqué uno nuevo, previamente lo limpié con mucho cuidado con toallitas húmedas y le puse talco.

-¡Esto es culpa tuya! –me gritó.

-No fui yo quien se hizo popo encima –respondí con naturalidad.

-Pero… pero –no supo cómo terminar la frase y permaneció en silencio.

-Veo que estas de mal humor. Así que vamos a hacer algo divertido, ver la tele.

Prendí el televisor y luego de buscar canal por canal hallé lo que buscaba, un canal de 24 horas con programación para bebes.

-No voy a ver esto –exclamó.

-Es bueno para vos, bebé.

-¡No soy un bebé!

-Lo que paso hace un rato no me dice lo mismo. Mira los dibus.

Salí de la habitación y regresé al rato, y sorprendido vi como Diego disfrutaba del infantil programa que estaban dando, por supuesto que al verme disimuló.

-¿Hasta cuándo voy a estar aquí? -me preguntó molesto.

-Hasta que disfrutes ser un bebé como yo.

-Eso nunca va a pasar, vos estás loco.

-No lo estoy, solo es una diversión, un gusto como cualquier otro.

Aproveché que estaba acostado me senté en su panza y mojé totalmente mi pañal. Diego se espantó de esto.

-¿Cómo no te puede gustar eso?

-Es una locura –en sus palabras noté que ya no había tanta seguridad.

-Mira –le saqué uno de los guanteletes –tócate el pañal y vas a ver que te gusta.

Luego de dudarlo unos segundos accedió y sin duda lo disfrutaba, pero no quería dar el brazo a torcer y me volvió a decir que era una locura. Sin resignarme fui a la cocina y preparé una papilla y jugo, esta vez le coloqué un diurético para que se haga pis y nuevamente laxante. Volví le coloqué el babero y le ofrecí la cena.

A regañadientes comió lo que le di, mientras yo disfrutaba haciéndole el avioncito y demás juegos.

-Me doy cuenta de que posiblemente nunca te guste esto como a mí –le dije una vez que terminó de comer -.Así que si para mañana todavía no te gusta, te voy a dejar ir.

-¿De verdad?

-Si –respondí y no vio que esto era solo una estrategia más de mi plan.

Nos fuimos a dormir. A media noche vi como su pañal estaba húmedo y embarrado de nuevo, él sin embargo dormía plácidamente. Sonreí y volví a acostarme.

A la mañana fui a verlo y le dije que si era lo que quería se podía ir.

-Sácate el pañal y ándate –le ofrecí.

Diego no se movió tenía la cara roja.

-¿Qué pasa? –pregunté simulando ingenuidad -.Que olor, acaso –lo miré -¿Acaso te volviste a hacer popo?

-No séqué me pasa –lloró.

-¿Ves? En el fondo queres ser un bebé y tu cuerpo te lo demuestra.

-¿Me vas a cambiar?

-En un rato. Primero disfruta de un pañal sucio, que es tan placentero como uno limpio.

Me senté a su lado y también embarré mi pañal y lo hice tocar la parte trasera para que viera lo lindo que se sentía. Casi sin darse cuenta me pidió que le haga lo mismo a él, a lo cual accedí y le aplasté bien toda la popo en la cola.

Estuvimos así un buen rato, hasta que me cambié y luego lo hice con él. Después de aquel momento Diego cambió por completo, jugamos juntos toda la tarde con juguetes de bebé y vimos dibujitos juntos.

En variasocasiones yo mojaba mi pañal o lo embarraba y al rato él hacía lo mismo y ambos reíamos y disfrutábamos. En ocasiones yo me sentaba en su espalda con el pañal puesto y ahí me hacía popo y el sentía el calorcito y el peso del pañal.

Cuando el finde semana estaba llegando a su fin me dijo.

-Tenías razón, no me quiero ir.

-Sí, pero ahora hay que volver a la realidad, lamentablemente.

Después de ese día Diego y yo logramos fortalecer mucho más nuestros lazos de amistad. Siempre que no encontrábamos hablábamos sobre pañales o nos pasábamos información sobre algún nuevo producto que había salido y que debíamos probar, pero por sobre toda las cosas en lo que ambos coincidíamos era en llevar siempre un pañal puesto, como dos buenos bebés.