sábado, 31 de enero de 2015


BadBoy

 

Federico García era una terrible persona, aquellos que llegaban a conocerlo aseguraban, sin miedo a equivocarse, que era el peor ser humano que conocieron. Era soberbio, engreído, mujeriego y un sinfín de etcéteras que no hace más que acrecentar su conjunto de malos adjetivos.

En la empresa en que trabajaba tenía un puesto jerárquico que había conseguido, no por méritos propios, sino a base de traiciones y engaños. Desde ese lugar que consideraba especial acosaba a sus compañeras, asegurándoles un buen futuro laboral si accedían a salir con él, o lo contrario si se negaban. Todas las mujeres estaban alertadas e intentaban alejarse de él cada vez que lo veían.

Entre esos días comenzó a trabajar Laura, una bella joven con un gran curriculum. Era amable, dulce y buena compañera. Desde luego Federico no tardó en intentar seducirla, y como tantas veces había hecho, trató de seducirla con la promesa de un próspero futuro laboral. Las compañeras de Laura le advirtieron de que clase de hombre era Federico.

-¿Tan malo es en verdad? –preguntó.

-Peor de lo que te imaginas –respondió una de sus compañeras.

-Quizás yo lo pueda hacer cambiar.

En ese momento las demás mujeres no entendieron a qué se refería Laura, pensaron que se trataba de una jovencita ingenua, soñadora, que podía cambiar “al chico malo” y convertirlo en un hombre de bien. Pero nada más alejado de la realidad, lo que Laura tenía en mente era otra cosa. No perdió tiempo y preguntó a cuantos pudo si de verdad Federico era tal cual se lo habían descripto, cuando no tuvo dudas de que clase de hombre era, puso en marcha su plan.

Esperó a que él diera el primer paso. Una fría mañana cuando la invitó a cenar, ella aceptó. Durante la comida se mostró interesada en todo lo que Federico contaba, e incluso se las arregló para sonreír cuando tiraba algún comentario desubicado.

-Y ahora ¿Qué quieres hacer? –pregunto el joven cuando salieron del restaurant.

-Es temprano, vamos a mi casa a tomar algo y… divertirnos.

-Desde luego, señorita –respondió con una desagradable sonrisa.

Ya en casa de Laura, ésta hizo que Federico siguiera bebiendo y de esta forma este menos lucido, mientras ella solo fingía hacerlo. Cuando el joven ya no sabía ni donde estaba parado, ella sonrió y dijo.

-Empieza ahora.

Laura lo llevó a una habitación y eso fue lo último que recordó Federico antes de caer dormido por la borrachera.

Al día siguiente se despertó. El dolor de cabeza era muy fuerte y tardó unos cuantos minutos en poder abrir los ojos. Cuando lo hizo no podía creer lo que veía. Llevaba puesto un enterito de color azul y dibujos infantiles de osos. Miró a su alrededor estaba acostado en una cuna de bebé, y esposado a una de las barandas. Intentó soltarse pero no lo logró aunque pudo incorporarse, tocó por debajo del enterito, no estaba seguro pero creía que llevaba puesto un pañal.

Observó a su alrededor, era la habitación típica de un bebé, juguetes, cambiador, pila de pañales y talco.

-¿Qué es esta locura? –exclamó nervioso y confundido.

Fue en ese instante en que Laura ingresó a la habitación.

-Hola bebé ¿Cómo dormiste? –preguntó mientras le acariciaba la cabeza en forma tierna.

-¿Qué es esto, loca? ¡Desquiciada!

-A mami no le gusta que le hables así.

-¡Loca, más vale por tu bien que me sueltes! –la amenazó.

-Veo que te levantaste de mal humor –lo tocó en la entrepierna -.Pero no estas mojado entonces ¿por qué lloras tanto?

-¡¿Qué?! ¡¿No entiendes?! ¡Suéltame!

-Ahhh que mal día tenemos.

La mujer tomó un chupete y se lo colocó en la boca, y para que no se lo saque lo agarró a un elástico y se lo pasó por atrás de la cabeza. Federico intentó hablar pero le fue imposible, al contrario balbuceaba y eso lo asemejó más aún bebé, por ello Laura lo acariciaba en la cabeza, sonreía con dulzura y le hablaba como si fuera un bebé.

Luego de un rato lo dejó solo. Federico intentó nuevamente liberarse pero le fue imposible, estaba muy bien sujeto. A medida que pasaban los minutos comenzó a sentir una fuerte ganas de orinar, producto de todo lo bebido la noche anterior, quiso gritar pero el chupete en su boca se lo impidió. Después de resistir durante un buen rato, finalmente perdió la lucha y el pis se liberó sin control. Inmediatamente revisó el colchón, ni una gota. Eso le confirmó lo que pensaba, tenía puesto un pañal, que ahora estaba húmedo y muy pesado. Maldijo a más no poder, hasta que se agotó y volvió a dormirse.

Despertó en la misma realidad que en la que se había dormido, se sentía incómodo, le ardía la cola. Se desprendió el enterito y luego el pañal, estaba muy húmedo. Laura ingresó y lo observó.

-No, bebe. Mami te cambia.

La mujer terminó de quitarle el pañal húmedo, le revisó la cola y la vio paspada, le colocó una pomada, luego talco, un nuevo pañal y volvió a cerrar el enterito. Federico a todo esto se resistía pero aun así no logró evitarlo.

-Ya está, sequito y limpito. Ahora es hora de comer.

Le ató un babero y le quitó el chupete de la boca, fue en ese instante que volvieron los insultos de parte del hombre, Laura volvió a colocarle el chupete.

-No vas a comer, hasta que te portes como un buen bebé –exclamó molesta y se retiró.

Al día siguiente los acontecimientos se repitieron. Hubo cambio de pañales un par de veces, pero cada vez que Laura le quitaba el chupete Federico aprovechaba para insultarla, así que por segundo día consecutivo se quedó sin comer.

El tercer día las cosas cambiaron. Federico se moría de hambre y esperaba ansioso el ingreso de Laura. Cuando esto sucedió y fue liberado de su chupete se mantuvo callado a la expectativa de ser alimentado.

-Has sido un mal bebé. Mami está muy enojada.

-¡Por favor! -dijo casi llorando.

-Las lágrimas no sirven con mami.

-¡Lo siento! –continuaba llorando.

-Ahhh, ¡que tierno! Está bien mami te perdona –lo acariciaba en la cabeza.

Laura tomó un plato con papilla y comenzó a alimentarlo, con el hambre que el joven tenía se devoró todo sin pensarlo, y luego se bebió una mamadera entera con leche pura.

La mujer lo palpó entre las piernas y sintió el pañal húmedo también olía mal. Sonrió levemente para que Federico no lo advirtiera. Tomó las cosas necesarias para comenzar a cambiarlo.

-Buen bebé, buen bebé –repetía constantemente mientras lo limpiaba o colocaba el nuevo pañal, el chico ya no se resistía o insultaba, solamente esperaba a que la mujer terminara de asearlo.

Laura juntó algunos juguetes del suelo y los esparció por toda la cuna, mientras sonreía con una mezcla de dulzura y ternura.

-Hoy fuiste un buen bebé, así que vas a poder jugar todo lo que quieras, diviértete –dicho esto giró sobre sus talones y salió de la habitación.

Federico miró a su alrededor, osos de peluches, autos, y algunos bebotes y barbies lo acompañaban. No podía creer lo que estaba viviendo, él, el hombre que había tenido cientos de mujeres y era el galán de la oficina llevaba viviendo tres días como bebe. No sabía cuánto más duraría esto pero ya no lo toleraba, pero era poco lo que podía hacer, aferró algunos juguetes y los arrojó fuera de la cuna. Sin embargo después de un rato los que aún permanecían en su poder fueron su única fuente de diversión. Ideó algunos juegos que en otro momento le hubiera parecido tontos o aburridos, pero en aquel momento le ayudaba a matar el tiempo, que transcurría lento, casi inamovible.

Llegada la noche Laura ingresó nuevamente a la habitación con una esponja y una palangana con agua. Sin mediar palabra le quitó toda la ropa a su “bebé” y lo lavó integro si moverlo de la cuna. Le colocó un nuevo pañal y volvió a vestirlo, en este caso con un enterito rosa. Federico estaba muy débil y cansado para oponerse, simplemente ya se prestaba para cualquier práctica humillante que aquella mujer planeara para él.

Después de cinco días de una rutina repetida, Federico tenía serios problemas para controlar su vejiga, varias veces en la noche se despertaba para descubrir su pañal pesado y húmedo. Se figuró que podía tratarse de una infección, pero ya poco importaba su anterior vida parecía estar desapareciendo con la muerte de cada nueva hora. El día lo pasaba divirtiéndose, en cierta forma, con los juguetes que su “mami” le proveía. Mientras se comportara bien (es decir como bebé) Laura era amable, caso contrario sabía muy bien como castigarlo, como dejándolo sin comer todo un día. A las diecinueve en punto la mujer entraba a la habitación para darle el baño habitual, así transcurrían los días rutinarios y aburridos.

Pasadas dos semanas Federico no se sentía cómodo con su situación pero poco a poco comenzaba a adaptarse a esta nueva vida, la vida de un bebé, era vestido como tal, tratado como tal y hasta le hablaban como tal. Nada de eso le agradaba, pero era su nueva realidad y no quedaba otra que intentar llevarla lo mejor posible.

-¿Por qué me haces esto? –preguntó en distintas ocasiones a su mamá.

-Porque toda tu vida fuiste un mal bebe –era siempre su respuesta –Mami te reeduca.

Uno de esos días Laura ingresó a la habitación como muchas otras veces, y sin mediar palabra liberó a Federico de sus ataduras, bajó las rejas de cuna, lo tomó de la mano y lo sentó en el suelo. Armó un corralito a su alrededor y tomó lugar a su lado.

-¿Vamos a jugar? –le dijo.

El hombre solo asintió con la cabeza, y tomaron unos juguetes.

-Pero ¿Qué estoy haciendo? –se dijo después de unos minutos de diversión.

-Estamos jugando, bebé.

-¡No soy un bebé, soy un hombre adulto!

-No, sos un bebé.

-¡Claro que no! Y ahora que me soltaste me voy a ir.

-Y ¿Qué te detiene?

-Nada.

Federico se quitó toda la ropa, y se colocó su ropa de adulto que se encontraba en la habitación. Llegó hasta la puerta y miró a la mujer que le habló.

-¿A dónde vas así? –le preguntó.

-¿Qué?

-Te pregunto ¿A dónde vas así? –señaló sus pantalones.

Federico miró hacia abajo sus pantalones estaban todos mojados por pis, recién allí cayó en cuenta de que aún descargaba una gran cantidad de líquido amarillo y ni siquiera se había percatado. Lo único que pudo hacer es ponerse a llorar.

-No, no, mi amor. No llores acá esta mami –exclamó Laura poniéndose de pie y abrazándolo –No llores, mami te va a cambiar.

Lo recostó en el suelo donde había un cambiador, le sacó la ropa, lo limpio con toallitas húmedas, lo roció con talco, y le colocó un pañal bien ajustado y luego el enterito rosa, mientras Federico se chupaba el dedo gordo. Después de eso jugaron todo el día. Llegada la noche Laura acostó a su bebé en la cuna, le cantó una dulce canción y lo hizo dormir.

Nunca más nadie volvió a ver a Federico, algunos sostienen que se arrepintió de su vida pasada y avergonzado se mudó de ciudad. Otros dicen que, reformado, se casó con Laura y se fueron a vivir al extranjero. Pero la mayoría dice que en realidad vivió tranquilamente el resto de sus días como un buen bebé.

 

 

 

 

 

Un episodio desafortunado

 

Esto que voy a contarles me sucedió hace ya un año. Como cualquier otro día me dirigía a la escuela, intentando ponerle la mejor onda a la situación ya que sabía que sería un día largo, puesto que después de clase, un grupo de amigas y yo íbamos a ir a la casa de una de ellas para realizar un trabajo práctico que debíamos entregar al día siguiente.

Como imaginaba el día se hizo interminable y finalmente tocó el timbre que indicaba el fin de las clases. Salí junto a mis amigas y comenzamos a caminar rumbo a la casa de Mariana donde nos juntaríamos.

En el trayecto me compré un alfajor para engañar el estómago y que no me diera tanta hambre. El caso es que al parecer no estaba en muy buen estado y comenzó a afectarme. Aún caminábamos cuando comencé a sentir unos dolorosos cólicos en la panza. Se me hacía complicado seguirles el paso a mis amigas al tiempo que la dolencia crecía, comencé a transpirar y ya se me hacía difícil hasta caminar. Mis amigas, que notaban mi rara actitud, me preguntaron que me sucedía pero yo les indicaba que todo estaba bien con algún gesto.

Tres cuadras antes de llegar a nuestro destino el dolor se volvió terrible y ya no pude resistir más y una gran cantidad de popo salió de adentro mío. Me quedé parada sin saber qué hacer, quieta, dura, inmóvil. Estaba roja de la vergüenza y sin poder controlarlo también se me escapó el pis, que se manifestó primero en un humedecimiento de mis muslos y pantorrillas y luego en un pequeño charquito en el suelo entre mis piernas.

Mis amigas me miraban con los ojos desorbitados no pudiendo creer lo que veían.

-Vero ¿te hiciste pis? –me preguntó Mariana aun desconcertada.

-Y caca también –admití al tiempo que asentía con la cabeza.

Lo que siguió fue desviarnos un poco del trayecto hasta encontrar un descampado donde tiré mi bombacha (o bragas), no sin antes ver el lamentable estado en que había quedado y continuamos el camino a la casa de mi amiga. Una vez allí me permitió usar la ducha para que pudiera higienizarme bien.

Me quité el uniforme, que por suerte no se había ensuciado, lo acomodé sobre el inodoro y me bañé. El agua caliente hizo que poco a poco me sintiera mejor. Mientras purificaba mi cuerpo, oí un ruido pero no le di importancia. Una vez limpia salí y me encontré que mi ropa no estaba. Me sequé con un toallón y lo até a la altura de mi pecho para cubrirme. Abrí la puerta del baño y asomé la cabeza un poco, vi el largo pasillo, que conectaba los distintos ambientes, completamente vacío.

-¿Mariana? –pregunté no muy alto, al no hallar respuesta volví a llamarla.

-En mi habitación –me respondió al fin -.Entra.

Transité los cinco pasos que nos distanciaban e ingresé un poco avergonzada ya que me hallaba sin ropa. Dentro se encontraban todas mis amigas que me miraban de una forma rara, con cierta… ternura en sus ojos. Mariana se adelantó me tomó por los hombre y dijo.

-Vero lo que pasó fue horrible, pero ya está. Prometemos que va a quedar entre nosotras y nadie lo va a saber –sentí un gran alivio al oír eso. Miré a mis otras amigas y mientras una formaba una cruz con sus dedos a la altura de la boca las otras asentían con la cabeza -.Lo que hay que hacer ahora –continuó Mariana –es hacer el trabajo y te necesitamos en óptimas condiciones así que vístete y arranquemos.

-Sí –respondí con seguridad –sucede que no veo mi ropa.

-Esta sobre mi cama.

Miré y no vi nada tan solo el acolchado rosa que recubría todo y en medio algo blanco, me acerqué más y vi que se trataba de un pañal desechable abierto.

-¿Q… qué es esto? –pregunté nerviosa.

-Lo que dijo Mariana, tenemos que hacer el trabajo y te necesitamos, no podemos interrumpir cada vez que tengas que ir al baño porque no terminamos más –explicó una de mis amigas.

-¡De ninguna manera voy a usar eso! –grité.

Pero todo fue en vano, me tumbaron sobre la cama y se las ingeniaron para colocar el pañal debajo de mí, y mientras dos me sostenían de los brazos y una de las piernas, Mariana me quitó al toallón y me puse el pañal bien ajustado. Era un de bebes que supuse que había conseguido allí ya que la dueña de casa tenía un hermano más chico.

La situación era horrible y en parte por los nervios y en parte porque mi estómago aún no se mejoraba, volvieron los cólicos, pero esta vez con más fuerza y sin poder siquiera poner mínima resistencia embarré totalmente el pañal.

-Vero ¿te volviste a ensuciar? –preguntó una de mis amigas al oler al aire.

No respondí nada, estaba al punto del llanto, me dieron vuelta y una miró por dentro del pañal.

-Sí, se volvió a ensuciar –exclamó al fin.

Me quitaron el pañal sucio, me limpiaron cuidadosamente con toallitas húmedas, me pusieron talco y cerraron un pañal limpio. En este caso no hubo necesidad de que nadie me sostuviera estaba entregada a la terrible situación.

-¿Mejor? –preguntó Mariana, a lo que solo pude responder con un leve movimiento de mi cabeza ya que el nudo que se armó en mi garganta me impedía hablar -.Ya está chiquita, no llores –me dijo -.Comencemos a trabajar.

Y así fue, me dieron mi uniforme el cual me coloqué y arrancamos el bendito trabajo. Al principio me sentía incomoda, pero poco a poco volví a ser la de siempre. Tomé las riendas del asunto como era mi costumbre y avanzamos muchísimo, estaba tan compenetrada en lo que hacía que había olvidado todo el vergonzoso asunto. Después de una hora y media de trabajo decidimos tomar un descanso. Mariana se fue a la cocina a buscar café y galletitas, mientras yo, sentada en el suelo, reposaba mi cabeza en su cama. Había olvidado por completo todo, incluso que llevaba un pañal puesto y ninguna incomodidad me lo recordaba.

Mi amiga regresó cargando una bandeja que llevaba cuatro tazas de café, un plato con galletitas y en medio una mamadera y un babero. No tuve dudas que estos últimos dos eran para mí, por ello me levanté indignada.

-¡Ni lo pienses! –exclamé -.Acepté esto porque lo necesitaba –levanté la pollera del uniforme y señalé el pañal puesto -¡Pero esto ya es mucho!

-¿De verdad? –me respondió con tranquilidad depositando la bandeja sobre una mesa ratona.

-¿De qué hablas?

-De eso –señaló mi pañal.

Miré entre mis piernas y por primera vez caí en la cuenta, el pañal estaba pesado, húmedo y una pequeña mancha amarilla delataba que se me había escapado el pis.

-Pero… cuándo… -solo atiné a balbucear.

-Lo noté hace unos minutos, cuando acordamos un descanso –me explicó al tiempo que me recostaba sobre su cama.

Nuevamente como ya hiciera volvió a cambiarme el pañal, me limpió tiernamente, me roció con talco y me colocó uno nuevo. Después tomó el babero, me lo ató. Me recostó sobre su regazo y me dio a beber de la mamadera. La leche tibia, el cansancio y la descompostura hicieron que de a poco me fuera durmiendo, hasta caer en un profundo sueño.

Cuando desperté ya había caído la noche, consulté mi reloj eran las diecinueve. Me hallaba sola en la habitación, me levanté de la cama y note algo pesado entre mis piernas, miré y vi el pañal nuevamente sucio y mojado.

-¡Otra vez no! –exclamé al tiempo que tomaba mi cabeza.

En ese momento entró Mariana.

-Ah ya te despertaste, ¡qué bueno! Uhm ¿otra vez? –preguntó solo asentí con la cabeza. –No te preocupes, ya te cambió, buscó las cosas necesarias mientras yo me recostaba.

-¿Las chicas ya se fueron? –pregunté mientras me limpiaba la cola.

-Hace un rato, ya terminamos el trabajo –me puso talco.

-Mariana, espera, necesito pedirte un favor.

-¿Qué?

-¿Me prestas algo de tu ropa interior para volver a casa?, no quiero llegar así.

-Vero, sabes que en otras circunstancias lo haría, pero todavía no estás del todo bien –me cerró el pañal nuevo -.Vamos a hacer esto, te voy a dar un pañal extra por si las dudas.

No muy convencida acepté su propuesta, lo guardé en mi mochila y regresé a mi casa, intentando que el pañal no sobresalga por debajo de mi pollera. Al llegar a mi casa lo primero que hice fue encerrarme en mi habitación y examinar cómo estaba. Nada, limpio y seco. Estaba a punto de sacármelo y volver a mi ropa interior normal, pero algo me lo impidió, es difícil de explicar, pero me sentía cómoda con él, e imaginaba que si me lo quitaba me iba a sentir desprotegida. Así que busqué entre mi ropa una pollera más larga que lo disimulara y fui a la cocina a comer con mis padres.

Terminada la cena regresé a mi pieza para volver a revisar el pañal, seguía igual, pero como había transpirado me lo quité y me puse el otro y así dormí toda la noche, bien cómoda. 

Al día siguiente cuando me levanté, volví a revisar mi pañal, de nuevo nada, ya estaba curada. Al principio sentí alegría, pero después un poco de tristeza, ya que al final había disfrutado sentir y que me traten como una bebita.

Tal como lo hiciera el día anterior antes de dormir, decidí ir a la escuela con el pañal puesto. Me aseguré que no se viera y me fui. En la escuela me encontré con mis amigas, tal como lo habían prometido ninguna hizo mención del episodio del día anterior, era como si no hubiera sucedido.

El día trascurrió normal, hasta que una fuerte ganas de hacer pis me invadió, iba a pedir permiso para ir al baño ya que estábamos en clase, pero no fue necesario. Sentada como estaba separé un poco las piernas y deje fluir libremente todo el líquido. Miré disimuladamente temerosa de que algo si hubiera escapado, pero no fue así, todo lo retuvo el pañal. Aquello me hizo sentir tan bien, y reviví cada momento del día anterior, preguntándome cuando volvería a ser la bebita de mis amigas.

viernes, 30 de enero de 2015


La visita

 

Mi nombre es Julio y tengo 16 años. Si tuviera que señalar un momento en el que todo comenzó debería decir que fue cuando Claudia, una amiga de mi mamá, vino a quedarse unos días con mi familia. Ella y mi mamá se conocían desde la escuela primaria y desde entonces habían mantenido la relación. Sin embargo Claudia se fue a vivir a Estados Unidos hace cinco años, y ahora estaba de visita al país y si iba a quedar con nosotros un par de días.

Francamente la mujer a mí no caía para nada bien, cada vez que me veía me sonreía de una forma rara, como si se burlara de mí, sumado a que constantemente me llamaba juli lo que me hacía sentir incomodo ya que sonaba más como un sobrenombre de mujer de que de hombre. Aunque para mi suerte centraba casi todo su tiempo en jugar con mi pequeña hermana de ocho meses. Era obvio que le encantan los bebes.

Así como les relaté fueron transcurriendo los días de su visita, hasta que en el último día surgió algo que no esperaba. Un familiar que vivía en otra provincia había enfermado y mis padres debían viajar, y se llevaban con ellos a mi hermana, sin embargo yo debía quedarme porque tenía que ir a la escuela y ¿a quién pudieron pedirle que se quede unos días más para cuidarme? Sí, acertaron a Claudia. Obviamente que me quejé y protesté pero fue en vano, finalmente mis padres se fueron y me dejaron al cuidado de aquella odiosa mujer.

El primer día transcurrió en relativa armonía, Claudia se mostraba amable y gentil todo el tiempo, supongo que fue por eso que en cierta medida bajé mis defensas.

Fue en el segundo día cuando todo comenzó, era domingo y como era mi costumbre fui a bañarme luego de levantarme. Cuando me dirigí a mi habitación para vestirme encontré, abierto sobre mi cama, un pañal de “princesas” de mi hermana. Me resultó extraño, pero simplemente lo saqué de allí y no le di mayor importancia. Enseguida entró Claudia.

-¡¿Qué haces acá?! –dije molesto.

-Vine a ayudarte a cambiarte.

-¡¿Qué?! No necesito ayuda.

-Claro que sí, bebita chiquita.

-¿Estas demente o acaso borracha?

-No me hables así, a mi mami no le gusta.

-Definitivamente estás loca, y voy a llamar a mis padres ahora mismo.

Encaré para la puerta con toda la intención de salir, pero no lo logré, la mujer me aferró con fuerza de un brazo y de un solo tirón me puso sobre su regazo, me quitó el tallón atado a mi cintura (dejándome desnudo) y comenzó a nalguearme en el trasero, intenté resistirme pero ella tenía más fuerza y los golpes eran en verdad muy dolorosos, tanto que no pude impedir que unas lágrimas cayeron por mi rostro.

-¿Vas a ser una buena niña ahora? –me preguntó.

-Sí –respondí casi sin escucharla, solo quería que se detuviera tal castigo.

-Bien –dijo y me recostó sobre la cama.

Tomó el pañal del suelo, lo colocó debajo de mi cola, me colocó talco que usaban con mi hermana y me lo cerró bien fuerte. En ese momento yo no era consciente de lo que sucedía realmente, los golpes me habían dejado aturdido.

Cuando realmente tomé consciencia tenía un apretado pañal con el que se me dificultaba mucho caminar, un chupete en la boca y aquella desquiciada mujer me llevaba a la cocina de la mano. Con mucha esfuerzo me sentó en la silla alta de mi hermana y comenzó a preparar lo que imaginé era el desayuno. Obviamente que no estaba de acuerdo con nada de lo que allí sucedía, pero más grande era mi miedo hacia aquella mujer y lo que podía llegar a hacer, ya había mostrado algo pero pensé que podría incluso llegar a ser peor.

Preparó una papilla especial que venía pre-preparada y que obviamente mis papás habían comprado para mi hermana. Me puso un babero y comenzó a darme de comer esa cosa. Al principio me resistí pero después de probar unas cucharadas no tenía saber feo y lo cierto es que me moría de hambre, así que me tragué mi orgullo y me comí todo el plato.

-Buena bebita –repetía constantemente Claudia.

A partir de mi buena predisposición ella mejoró su actitud hacía mí. Con increíble fuerza me levantó en brazos y me llevó a lo que sería, por tiempo indeterminado, mi nueva habitación que era la de mi hermana. El lugar era la imagen misma de una pieza de niña, mucho rosa, y el lugar estaba adornado con muchos juguetes y pilas de pañales acompañados de talco y toallitas húmedas.

La mujer me colocó en el suelo y armó alrededor mío un corralito, me colocó unos juguetes dentro y luego salió de la habitación sin decir nada. Esperé unos segundos y me acerqué a la puerta, con mucho cuidado tanteé el picaporte, estaba cerrado con llave. Con resignación entré nuevamente en el corralito intentando pensar en que iba a hacer.

Las horas pasaron y comencé tener la necesidad de ir al baño, golpeé la puerta para que me permitiera salir pero jamás tuve respuesta del otro lado. Hice tanto esfuerzo como pude pero finalmente el pipi me ganó y en pocos segundos había humedecido todo mi pañal y se sentía muy pesado. La situación simplemente me superaba y comencé a llorar sin poder detenerme. Fue cuando Claudia volvió a ingresar en la habitación.

-¿Qué sucede bebita? –me preguntó mientras tocaba mi pañal –Ah, no te preocupes mami está aquí.

Colocó un cambiador de plástico en el suelo y me recostó en él, sacándome del corralito. Me quitó mi pañal mojado y lo dejó a un lado. Me puso talco y un nuevo pañal.

-¿Ves? Ya estas limpia y sequita –dijo con ternura mientras terminaba de cerrarlo.

Sacó de su bolsillo un peine y comenzó a cepillarme el cabello, vale decir que tengo el pelo bien largo. Me hizo una raya al medio y me ató dos colitas con unos moños. Y me puso un vestido amarillo y unos zapatos. Jamás en mi vida me había sentido tan humillado pero simplemente no me atrevía a contradecir a esa mujer.

Luego se sentó a mi lado y tomando unos juguetes intentó animarme, decidí por mi bien llevarle la corriente. Por suerte eso mató mucho tiempo, y comenzó a darme sueño. La mujer lo notó, me alzó y me acurrucó en la cuna y allí me quedé dormido.

El primer día así trascurrió, obviamente que hacía la noche volvió a darme de comer la papilla, y antes de dormir debió volver a cambiarme el pañal. Desde mi cuna tuve que escuchar cómo me cantaba, por más ridículo que suene, eso me calmó y finalmente me volví a dormir.

Uno de mis mayores miedos era que me obligara a ir de esa forma a la escuela, pero no fue así, falté. Cuando me desperté el sol  ya brillaba y el reloj marcaba las once a.m. A esa hora Claudia entró, me sacó de la cuna, se sentó en el suelo, me recostó sobre ella, y me dio a beber leche de una mamadera.

Cuando terminé me sacó todo la ropa y en alzas me llevó hasta el baño, donde me lavó completamente. Para esa altura ya estaba entregado y no tenía  ni la más mínima intención de resistirme o quejarme, ella disponía de mí como deseaba.

Así transcurrieron tres días desde la partida de mis padres y frente a la situación hice lo único que podía hacer, verle el lado positivo: no ir a la escuela. Por lo demás si le seguía la corriente a mi “nueva mami” el trato era excelente, así que traté de aprovecharlo al máximo.

En el cuarto día ambos nos divertíamos con los juguetes de mi hermana, hasta que ella se detuvo, olio en el aire y dijo:

-Creo que alguien ya se ensució -se levantó y tiró por la parte de atrás del pañal para ver -.Sí, ya te ensuciaste –confirmó.

  Fue cuando caí en la cuenta que era cierto, en estos días había ensuciado mi pañal varias veces, pero siempre de una forma consciente. Pero ese día no fue así, jamás había notado cuando me había hecho popo.

Una vez más la mujer me recostó sobre el cambiador y me quitó el pesado pañal.

-¡Guau! También está muy húmedo –dijo.

Era increíble había ensuciado y mojado el pañal y jamás me percaté. Quizás para esa altura ya había enloquecido como ella, el caso es que no me importaba, comenzaba a disfrutar de aquella situación que me había trasformado en, palabras de Claudia, una adorable bebita. Y así era todo el tiempo, con pañales, chupetes y vestidos pasaba todo el día divirtiéndome con los juguetes de mi hermana, escuchando cuentos y canciones. Y ni siquiera tenía la necesidad de ir al baño, puesto que dejaba todo ese trabajo al pañal.

Justo cuando empezaba a divertirme, mis padres llamaron que regresarían al día siguiente. Ambos nos entristecimos aquella tan lindo que ahora ambos gozábamos terminaría pronto. Es por eso que ese último día lo disfrutamos al máximo, yo sobre todo y gocé cada segundo de ser una bebita.

Al día siguiente mis padres volvieron, para esa altura yo ya vestía normal, algo que me hacía sentir un tanto incomodó. Dos días después Claudia partió.

Me quedé mirando en la dirección en que se fue, preguntándome cuando regresaría, para volverme una vez más su bebita.