miércoles, 27 de mayo de 2015


No seas machista

 

Mario era el típico chico machista, siempre consideraba que las mujeres estaban por debajo de los varones, y se encargaba de remarcarlo con cometarios o actitudes. Sus compañeras de la facultad ya estaban hartas de las diferencias que hacía.

Colmó el vaso cuando una compañera llevó su bebé a la universidad y el desubicado exclamó:

-¡Que bebé más feo! Se nota que salió a vos.

A partir de ese momento optaron por ignorarlo y no volver a dirigirle la palabra. Pero Felicia, la madre del bebé, pensaba que merecía un escarmiento peor, un escarmiento que le enseñara a respetar a los demás y por sobre todo un escarmiento que le enseñara a respetar a las mujeres. Meditó durante muchos días cual sería un castigo ejemplar. Una noche calmando a su bebé que no paraba de llorar, tuvo una idea que creyó genial, difícil de llevar cabo pero no imposible. Poco a poco fue resolviendo todos los inconvenientes que pensaba que podría llegar a tener, y cuando hubo terminado rio a carcajadas imaginando lo que le esperaba a Mario.

Se puso de acuerdo con sus amigas de la facultad y una noche a la salida pusieron en marcha el gran plan. Tomaron por sorpresa el insoportable joven, lo durmieron con cloroformo, lo subieron a un auto y se lo llevaron.

Cuando Mario despertó se encontraba atado de pies y manos en una habitación completamente oscura.

-¡¿Qué es esto?! –gritó intentando mostrar valentía pero el temor se notaba  en el timbre de su voz.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad divisó frente a él, unas cinco figuras aunque le resultaba imposible diferenciar si se trataba de hombres o mujeres.

-Comienza el proceso de reeducación –exclamó una de las sombras.

Dieron unos pasos hacia adelante, Mario sintió un gran temor por lo cual se le hizo imposible controlar su vejiga y como resultado mojó sus pantalones dejando además un pequeño charco amarillento a su lado.

-¿Ven? Les dije que era un bebé –se burló la misma persona que a esa altura se notaba por la voz que era una mujer.

Hizo una leve seña con su mano y dos se abalanzaron contra el joven y en un abrir y cerrar de ojos lequitaron toda la ropa y le colocaron un enorme pañal blanco. Risas al por mayor resonaron en la habitación mientras que el joven avergonzado y atemorizado empezó a llorar.

-¡Pobre bebé! –exclamó otra voz y le colocó un chupete en la boca.

Pero la humillación estaba lejos de terminar, mientras unas sombras le cambiaban el peinado a un estilo más femenino y como frutilla de postre le ponían una hebilla con forma de flor, otras le colocaban un poco de maquillaje en el rostro. Cuando finalizaron siguieron con el siguiente paso de su plan, le quitaron todo el bello del cuerpo con cera y fue entonces que procedieron a vestirlo. Le pusieron unas medias de mujer de color rosa.Luego, le acercaron la que sería su ropa, un infantil vestido del mismo color que las medias. Tenía muchos moños y voladitas en las mangas, en el cuello, y en la parte de la falda.

En cualquier otra situación Mario se hubiera resistido a algo tan humillante pero en este caso aún estaba intimidado y con miedo es por ello que no puso la menor resistencia cuando le colocaron el vestido. Las sombras se alejaron para ver su obra maestra. El chico estaba sentado en el piso con las piernas abiertas, debido a que no podíacerrarlas por el abultado pañal, éste sobresalía por debajo del vestido ya que no lo tapaba en su totalidad. La cara con un leve maquillaje, pelo peinado a manera femenina, era la viva imagen de una bebé.

Para muchos si se finalizaba allí el castigo era más que suficiente, sin embargo Felicia quería llegar hasta las últimas consecuencias fueran cual fueran. Le colocó una correa de perro y con una cadena lo llevaba de un lado a otro de la habitación como si se tratara de un perro, Mario estaba entregado no había nada a lo cual se resistiera, el miedo era mayor.

Las risas de los allí presente eran como taladros en la sien del joven, fue tanta la vergüenza que sintió que nuevamente no pudo controlarse y en esta vez lo que evacuó fue sus intestinos, llenando todo el pañal de abundante popo.

-Pero que bebé tan cochino –exclamó Felicia percatándose de lo que había sucedido y dándole palmadas en la parte trasera del pañal y aplastándole toda la caca en la cola.

La mujer lo hizo pararse y le dio una escoba.

-Se una buena niña, y barré –exigió.

Mario con todo el pañal cargado obedeció y se puso a barrer el suelo, así estuvo un buen rato mientras las sombras solo se limitaban a mirarlo, poco a poco la habitación se fue llenando del mal olor que salía del pañal.

-Muy bien ya vamos a sacarte ese pañal sucio. Di con voz de niña pequeña que te cambiemos.

-Por favor cámbienme el pañal –pidió imitando lo mejor que pudo la voz de una niña. Otra vez las risas.

Felicia lo guio con la correa. Lo recostó en un cambiador plástico. Le quitó el pañal, lo limpió, lo lavó, y volvió a ponerle otro pañal. Hecho esto lo llevó, nuevamente con la correa, hasta un sillón, ella se sentó y lo recostó sobre su regazó.

-Debes tener hambre de después de tanto trabajo, veni hermosa –mientras Felicia decía esto se desprendía el corpiño y le ofrecía el pecho.

Por primera vez Mario se negó y eso le costó caro ya que la mujer lo dio vuelta y empezó a nalguearlo con fuerza en la cola, así estuvo varios minutos, incluso las otras sombras se acercaron para darle golpes en la cola.

-Bebita mala –le decían.

Terminado el castigo Felicia volvió a ofrecerle el pecho, esta vez Mario no opuso resistencia y empezó a succionar del cual salió leche con un sabor rancio que le produjo asco, pero Felicia no dejaba que se alejara del pezón y lo obligaba a seguir bebiendo. Con el correr de los minutos el sabor comenzó a cambiar y si bien no era agradable tampoco le costaba tragarlo. Luego de unos minutos pasó al otro pecho y continuó igual.

Cuando terminó el almuerzo, la mujer lo volteó y le dio unos golpecitos en la espalda para que eructara. Por último, de la correa, lo llevó hasta una cuna enorme y allí lo hizo dormir, cosa que sucedió rápido debido al cansancio que Mario tenía.

Mientras descansaba las mujeres juntaron popo de perro y se lo colocaron dentro del pañal sin que el joven se percatara. Al despertar sintió el mal olor y la incomodidad, se puso a llorar sin poder controlarse mientras las mujeres reían a carcajadas.

-Pobrecita, se ha ensuciado de nuevo –decía una.

-Es una bebé muy sucia –exclamaba otra.

-Y muy llorona –finalizó Felicia mientras le colocaba el chupete en la boca.

Y las burlas continuaban, después de ello lo obligaron a jugar con juguetes de bebé un buen rato sin cambiarle el pañal. Cuando se sintieron satisfechas le colocaron un nuevo pañal limpio y volvieron a dormirlo con cloroformo. Lo subieron al auto y cuando ya estaba un poco más despierto, Felicia se le acercó al oído y exclamó:

-Respeta a las mujeres.

 Lo bajaron en la calle y se fueron. El pobre joven con pañal y un vestido rosa acuesta tuvo que caminar hasta llegar a su casa.

El castigo había terminado, desde aquel día Mario cambió rotundamente, siempre hablaba bien de las mujeres y de los bebes. Felicia y sus amigas quedaron muy satisfechas con la venganza y los resultados, mientras que el joven jamás se enteró de que habían sido sus compañeras de facultad las que lo habían convertido en una hermosa bebita.

viernes, 22 de mayo de 2015

martes, 5 de mayo de 2015


 

Mi relación

 

Esta es mi historia AB, antes que nada les cuento mi nombre es Daniel y cuando esto sucedió llevaba diez años de novio con Florencia mi única novia de toda la vida. Sin embargo en ese entonces nuestra relación iba de mal en peor al punto tal que ambos sabíamos que podía terminarse todo de un momento a otro.

Con la esperanza de evitar ese fin trágico le prepuse irnos por unos diez días de vacaciones a una cabaña alejada de la ciudad, aceptó y emprendimos el viaje.

Durante el recorrido le explicaba cuanto la quería, y cuanto deseaba que siguiéramos juntos, pero ella solo respondía con monosílabos y demostraba menos interés que yo en que la relación continuara, aun así no pensaba en darme por vencido tenía diez días para salvar mi relación.

El primer día transcurrió con normalidad, no peleábamos pero ella seguía demostrando la misma frialdad. Por la tarde salí a caminar para despejar mi mente, cuando regresé me encontré con que Florencia estaba mirando algo en la computadora, pero al verme la apagó y no me dijo que veía.

No fue algo que me importara y así que lo ignoré y me dirigí al baño, tenía ganas de evacuar mis intestinos. Cuando salí me ocurrió lo primero extraño, mejor dicho sucedió el primer comportamiento extraño de Florencia. Estaba parada en medio de la cocina y me miraba de forma extraña, yo diría… con ternura.

-¿Qué hiciste en el baño, mi amor? –preguntó.

-Tenía… que ir –expliqué un poco avergonzado.

-¿Hiciste popo?

-Sí –repliqué, sentía mi cara arder de la vergüenza.

-¿Y te limpiaste bien?

-Desde luego.

-¿Seguro? ¿No quieres que te revise?

-No –respondí espantado.

-Muy bien mi vida –exclamó al tiempo que me acariciaba la cabeza –.Me voy a bañar.

Me dejó atónito, no entendía nada de lo que había sucedido pero pronto todo cobraría sentido.

Por la noche intenté tener algún tipo de cercamiento más íntimo, pero me rechazó acusando que estaba cansada, no insistí aún tenía varios días por delante para mejorar la relación.

Al día siguiente cuando me levanté Florencia no estaba, por un instante mi corazón se detuvo pensando que había decidido regresar a su casa, pero al ver que sus valijas estaban en la cabaña me tranquilicé. Regresó pasado el mediodía cargando una gran cantidad de bolsas. Cuando lo pregunté por ellas me dije que ya vería. Me entusiasmé de a poco ella iba mostrando más emoción y entusiasmo.

Me fui a bañar, y allí sucedió el segundo acontecimiento extraño. Florencia ingresó tomó el jabón y comenzó a lavarme. Cuando le insté para que ella ingresara a la ducha solo respondió.

-Shh, pórtate bien –y me dio un golpecito en la cola.

Una vez que se aseguró que estaba limpio, cerró la ducha y me ayudó primero a secarme y luego a vestirme. La verdad es que estaba muy confundido, pero créanme esto recién estaba comenzando.

Intenté no pensar mucho o tratar de encontrar sentido a lo ocurrido por la mañana, más bien me concentré en la sorpresa que había prometido para la noche. Cuando finalmente el sol se fue a dormir me encontraba en la cama. Florencia ingresó con un enorme paquete en la mano.

-Quítate la ropa –me pidió con dulzura.

Desde luego obedecí.

-Acóstate boca arriba.

Nuevamente no me resistí. Fue allí cuando comenzó a sacar cosas del paquete, pero no llegaba a ver que era. Me incorporé un poco para observar mejor. Pero Florencia me volvió a recostar con delicadeza.

-No, bebé –me dijo -.Cierra los ojos.

Obedecí e inmediatamente sentí que rociaba mis partes íntimas y mi cola con algo, luego acomodaba algo debajo de mí, se oía como si se tratara de algo plástico como una bolsa, inmediatamente tomó ese “algo” y lo cerró fon fuerza a la altura de mi abdomen. Ya no pude aguatar más abrí los ojos y vi. Eso que me había rociado era talco, y ese “algo” que me había puesto era un enorme pañal. No podía creer lo que estaba sucediendo, mucho menos lo que veía.

-¿Qué… es esto? –pregunté con la esperanza de oír alguna explicación razonable.

-Recién ayer me di cuenta de lo tierno que sos –eso no era una explicación razonable.

-Pero Flor ¿Qué es todo esto?

-Algo que quiero intentar, ¿me dejas?

Estaba desesperado por salvar mi relación por lo tanto no me opuse. Pensé que era el inicio de un juego por eso permití que continuara. Me levanté a pedido de ella y en esta ocasión me colocó un enterito lleno de dibujos infantiles. La verdad es que me sentía muy tonto pero Florencia no paraba de sonreír con dulzura.

-Ya estás listo –exclamó arreglándome un poco la ropa.

Pensé que en ese momento pasaríamos algo más íntimo, pero no fue así.

-Ya estás listo para ir a dormir.

-¿Qué? –pregunté sorprendido.

-Que ya es hora de ir a dormir, bebé –respondió con naturalidad, me acomodó en la cama y luego me acurrucó con las sabanas.

No podía creer lo que estaba viviendo, ella se acostó a mi lado y comenzó a cantarme una canción de cuna para que me duerma pero no se me acercó. Aquella noche tardé en dormirme, primero por la situación, segundo por la incomodidad de la ropa y tercero pero los ruidos que hacía el pañal cada vez que me movía. Pero de alguna forma finalmente pudo conciliar el sueño.

Cuando desperté Florencia ya no estaba en la cama me levanté y me dirigí a la cocina, caminaba con dificultad debido al holgado pañal. Mi novia estaba preparando el desayuno.

-Buen día, mi amor –me regaló una gran sonrisa.

-Buen día –me senté en una silla.

-Allí no –exclamó -.Acá –señaló una sillita alta de bebé.

-¿Qué? –pregunté alarmado -.Mira lo de anoche fue raro pero lo permití pero esto no puede continuar porque…

-Shh –me calló colocándome un chupete en la boca -. Sé un bebé obediente.

-¿Qué es todo esto? –me quité el chupete.

-No hagas que mami se enoje –me volvió a colocar el chupete y por alguna razón tuve miedo de desobedecerla.

Mi desayuno consistió en una papilla que debí comer con un babero y aguardar que sea Florencia la que me la dé y una mamadera llena de leche. Me sentía tan ridículo y más frente a mi novia, sin embargo ella parecía estar disfrutando de cada segundo.

Terminado el desayuno sentí la urgencia de ir al baño, me bajé de la silla y me dirigí hacia ese lugar, pero cuando alcancé la puerta me encontré con que ésta estaba cerrada.

-¿Qué pasa, mi amor? –me  preguntó mi novia.

-La puerta está cerrada.

-¿Para qué quieres el baño? Si tienes el pañal.

Sentí como mi cara ardía en llamas.

-¡No! –grité -.Hasta acá llegué. De ninguna manera voy a hacer lo que estas sugiriendo.

Su expresión se modificó al instante, me tomó de la muñeca y de un fuerte tirón me llevó hacia ella, se sentó y me colocó encima de su regazó, desabrochó el mameluco, me quitó el pañal y comenzó a nalguearme con tal fuerza que me era imposible no gritar de dolor. Terminado el castigo volvió a colocarme la ropa.

-Espero que de ahora en más seas un buen bebé, no quiero tener que volver a repetir esto.

La verdad es que yo tampoco lo deseaba, por ello ya no me resistí más a sus deseos. No obstante no quería hacer mis necesidades en el pañal, me negaba a aquello, pero con el avanzar del tiempo las ganas aumentaban y la posibilidad de que Florencia me permitiera entrar al baño era nula. No entendía porque hacía esto, no entendía que era lo que buscaba, ¿humillarme? Si era eso ya no era necesario más, lo había conseguido.

 

Mientras todo eso pasaba por mi cabeza mi voluntad flaqueó, más bien mi vejiga lo hizo y el pañal se llenó de pipi, luego fue el turno de mis intestinos y al pañal húmedo se le añadió una gran cantidad de popo. Poco a poco el mal olor invadió la habitación. Estoy seguro de que Florencia se percató de lo que había sucedido sin embargo se hizo la distraída de manera de dejarme así sucio durante un buen rato. La situación finalmente me superó y comencé a llorar, estoy seguro de que si había un espejo en aquel lugar hubiera sido la viva imagen de un bebé, llorando, vestido con ropas infantiles, y con un pañal que estaba a punto de estallar.

Fue en ese momento que Florencia se me acercó, tiró de la parte de atrás del pañal y miró.

-Umh, me parece que este bebé embarró su pañal –exclamó.

Me tomó de la mano y me llevó hasta la habitación. La verdad es que me costó mucho caminar por lo abultado de mi pañal y por lo lleno que estaba. En el lugar me recostó sobre la cama, desprendió el mameluco y luego hizo lo mismo con el pañal, lo botó a la basura, me limpió con mucho cuidado con toallitas húmedas y luego me colocó un nuevo pañal. Era obvio que de esta forma estaría el resto de los días, por eso tomé la decisión de preguntarle.

-¿Por qué, Florencia? Al menos dame una explicación.

La pregunta la tomó por sorpresa. Pero luego de unos segundos habló.

-Lo vi en internet y quería probarlo. Pensé que quizás podía ser una forma de volver a acercarnos.

La respuesta me alarmó, de esta forma ella estaba intentando volver a recomponer nuestra relación, algo que yo también intentaba. Por eso decidí que si éste era su método lo seguiría.

A partir de aquel momento me comporté como un bebé: me mostraba alegre cuando jugaba con juguetes infantiles, me dormía con un chupete en la boca o chupando mi dedo gordo, mojaba y embarraba mi pañal bastante seguido y para señalar que necesitaba un cambio me ponía a llorar, disfrutaba comer papilla que me preparaba Florencia o tomar leche tibia en la mamadera, incluso accedí a hablar como un bebé y llamarla “mami”. Todo aquello fue difícil al principio pero la verdad poco a poco se me fue facilitando y lo que más disfrutaba era tener a Florencia cerca y siempre atenta a satisfacer todas mis necesidades de bebé. Ella disfrutaba de cada segundo en que yo actuaba como un pequeño infante y la hice feliz… pero solo durante esos días.

Al finalizar ese viaje nos dimos cuenta de que lo nuestro no funcionaria, yo buscaba una novia no una “mami” y ella buscaba un adulto que se comportara como un bebé no un novio. Por ello con todo el dolor del mundo nos separamos. Pero nunca voy a olvidar aquellos diez días en me transformé, para intentar salvar mi relación, en un tierno bebé.

jueves, 16 de abril de 2015


La regresión

 

Como todos los viernes a las 10 de la mañana Melisa asistía a su cita con el psicólogo que la trataba desde hacía ya unos años. La joven padecía un terrible problema de timidez que le impedía tener amigos y sobre todo lo que más ansiaba un novio.

Todo cuanto se había tratado en la terapia había fracasado y a Carlos, el psicólogo, comenzaban a acabársele las ideas. Sin embargo aquel día intentaría algo que hacía tiempo había leído y que funcionaba en estos casos: hipnosis y provocar en el paciente una regresión para encontrar el origen del problema. Cuando se lo había planteado a Melisa, había estado de acuerdo.

El experimento comenzó. Carlos utilizó un método de relajación y poco a poco su paciente fue entrando en un profundo sueño. Cuando supo que había sido efectiva la hipnosis la hizo retornar a la edad de quince años, pensado que el origen de sus problemas podía radicar en su adolescencia pero luego de mucho andar se percató de que el trauma venía desde antes. La llevó a la edad de diez años y luego a la de cinco, no había nada. Debía retroceder más pero sabía que era peligroso llevar alguien al estado mental de un bebé, aun así se arriesgó.

Luego de unos segundos de observar el comportamiento de Melisa no tuvo dudas había hecho una regresión a bebé.

Estaba listo para comenzar a analizarla cuando descubrió como poco a poco la joven-bebé mojaba su jean.

Allí se percató de su error, tenía que sacarse de la mente que estaba tratando con una joven y empezar a pensar que en realidad frente suyo había un bebé.

De un armario sacó una gran bolsa de plástico, le quitó la ropa húmeda a la paciente. La limpió con cuidado con toallitas húmedas, le colocó talco y le puso un pañal para evitar nuevos accidentes.

Se predispuso a volver atrabajopero Melisa comenzó a llorar con fuerza. Carlos intentó calmarla con juguetes pero la niña lloraba cada vez con más ímpetu.

Cuando estaba a punto de acábesele las ideas se dio cuenta de que posiblemente tuviera hambre. De la bolsa sacó una mamadera, la llenó de leche y se la ofreció al bebé que enseguida la comenzó beber y se calmó. Cuando acabó de comer. Carlos la tomó y dio ligeros golpecitos en la espalda para que eructara. Hecho esto le puso un chupete en la boca para evitar nuevos escándalos y la niña se durmió en su regazo. Allí el psicólogo comprendió que el problema de Melisa podía radicar en poca atención cuando había sido un bebé y si quería curarla debía darle esa atención que se le había negado.

Dejó a un lado sus apuntes y decidió darle a aquella joven una tarde entera de bebé e intentar así curarla.

La siesta no duró más de veinte minutos, la niña ni bien se despertó comenzó a gatear con el chupete en la boca y a revolver todo lo que encontraba. Carlos inmediatamente sintió mal olor. Tiró de la parte trasera del pañal y vio que estaba embarrado.

Abrió un cambiador de plástico en el piso recostó allí a Melisa, desprendió el pañal, la limpió con mucho cuidado y dedicación y una vez lista le colocó un nuevo pañal.

Una vez limpia comenzó a entretenerla con distintos juguetes de bebé. La niña reía a carcajadas y participando activamente de todos los juegos que se le proponía. Así estuvieron un buen rato interrumpido únicamente una vez para realizar un nuevo cambio de pañal, en esta ocasión Melisa se había hecho pipi mientras jugaba.

En un momento que Carlos necesitó unos segundos para descansar colocó a la niña dentro de un corralito y allí, con chupete en la boca y juguetes de todo tipo, la joven-bebé se entretuvo.

El hombre no dejaba de mirarla le causaba una gran ternura ver como aquella joven se comportaba tal cual lo haría un bebé.

Llegada la hora de la comida, la sentó en una sillita alta y le colocó un babero y mientras él preparaba la papilla ella jugueteaba con el plato moviéndolo de un lado a otro y poniéndoselo en la cabeza como sombrero.

Terminada la comida nuevamente tomó a la joven en brazos y le dio ligeros golpecitos en la espalda para que eructara.

Luego se sentó en un sofá con ella en su regazo y mientras le cantaba una dulce canción, Melisa poco a poco se fue quedando dormida y así permaneció un buen rato. Carlos aprovechó para hacer algunas anotaciones sobre el progreso. Luego miró a la joven que seguía durmiendo con el dedo gordo en la boca y observó como el pañal blanco de a poco se iba tiñendo de amarillo y supo que se había mojado de nuevo. Con ligeros movimiento para no interrumpirle el sueño volvió a cambiarle el pañal.

Cuando la niña se despertó y se encontró sola empezó a llorar, el psicólogo se hizo presente rápidamente y la alzó e intentó calmarla.

-Ya, bebita hermosa, ya –le dijo mientras le daba unos golpecitos en la espalda.

Como no se calmaba intentó varias cosas: fijarse si se había ensuciado, darle la mamadera, intentar animarla con juguetes pero nada parecía funcionar. Por ello a Carlos se le ocurrió que podía estar cansada de estar encerrada. La alzó y la puso dentro de un cochecito donde entraba muy bien y salieron a pasear.

La gente miraba extrañada al bebé pero ni a ella ni al terapeuta le importaba lo que pensaran los demás. El paseo se extendió por casi una horahasta que regresaron al consultorio.

Carlos le cambió por última vez el pañal ya que había vuelto a ensuciarse. Y luego de unas pocas horas más el psicólogo hizo regresar a Melisa a su edad real.

En pocas palabras le explicó cuál había sido su deducción y lo que había ocurrido durante las últimas horas. La joven escuchó el relato atentamente y luego de analizar todo en silencio entendió que lo con ocurrido se había curado de su problema. Por otro lado Carlos se percató que aquella ternura que había sentido por su paciente se había trasformado en amor hacia ella.

Así fue como ambos empezaron un noviazgo que hasta el día de hoy continúa, al igual que el gusto por usar pañales por parte de Melisa que internamente le había quedado algo de bebita.

miércoles, 25 de marzo de 2015


Cuidado con lo que deseas

 

A lo largo de toda mi vida todo lo que tenía lo perdía. Perdí a mis padres, luego perdí mi empleo y por último lo mejor que me había sucedido: Gabriela, mi gran amor. Un día simplemente me dijo que yo no era lo tierno y dulce que buscaba en un hombre y se fue. Así a los veinte años me quedé completamente solo y sin nada.

Varias veces intenté que volviera conmigo, le juraba que había cambiado pero nunca me creyó. Por amigos en común supe que unos meses más tarde conoció a otro hombre y luego de un año de noviazgo se casaron. Pese a esto yo no me resignaba estaba decidido a recuperarla, pero desde luego todos mis intentos fracasaban uno tras otro.

Creyendo que todo estaba perdido vagué por las calles sin ningún interés en la vida. Fue en ese momento que me crucé con un extraño ser: era un hombre encorvado, con el cabello largo y gris y un aspecto horrible. Me pidió unas monedas, pero me negué puesto que casi no me quedaba dinero.

-Si me regalas las monedas que te quedan puedo concederte el deseo que quieras –me dijo con una voz carrasposa.

Lo miré extrañado.

-¿De qué habla? –exigí.

-Lo que te dije, todas tus monedas a cambio de un deseo.

-Y ¿cómo sé que no me quiere timar?

-Mis deseos funcionan, siempre. Todos los que han deseado antes de que ti fueron felices.

¿Qué tenía que perder? Si ya lo había perdido todo.

-De acuerdo –acepté y le di el dinero.

-¿Cuál es tu deseo? –jugueteó con las monedas.

-Hay una chica, se llama Gabriela, era mi novia quiero que me vuelvas ante sus ojos lo más tierno y dulce.

-¿Estás seguro de  que ese es tu deseo?

-Desde luego.

-Muy bien, será como quieras. Mañana cuando te despiertes se habrá cumplido tu deseo.

Luego de eso me fui a dormir sin mucha convicción de que realmente fuese a pasar algo. La noche transcurrió con tranquilidad. Hasta que comencé a tener horribles pesadillas y luego mucho frio.

Desperté, intenté levantarme pero mi cuerpo no respondía a prácticamente ninguno de mis órdenes de movimiento. Sentía aún frio y mal olor. Miré hacia los lados, estaba en la calle, no sabía cómo había llegado allí pero así fue. Intenté gritar para solicitar ayuda pero lo único que se hoyó fue fuerte llanto.

En ese momento fue que oí una puerta que se abría y vi a mi gran amor Gabriela. Pero era extraño la veía desde una perspectiva distinta, como si de repente se hubiera vuelto un gigante, se agachó y me levantó.

-Ya, ya –me dijo y me dio ligeros golpecitos en la espalda.

Intenté hablarle, que me explicara que sucedía, pero de nuevo mi voz no se hizo presente solo algunos sonidos guturales. Sentía que me cabeza estallaría, no entendía nada.

-¿Qué sucede? –preguntó Jorge el actual esposo de mi gran amor que se hizo presente en el living de la casa.

-No lo sé, lo encontré afuera –respondió ella.

Quise hablar de nuevo, explicar que no sabía cómo había llegado hasta allí, pero de nuevo me fue imposible.

-Hay que llevarlo a la policía –sugirió el hombre, sentí temor de aquello, me iban a encerrar en una prisión sin haber hecho nada.

-Tal vez, pero antes habría que cambiarlo.

¿Cambiarme? ¿Por qué? Me llevó hasta una mesa y me recostó, me sorprendí de caber en ella.

-¿Quién se hizo popo? –exclamó ella en forma juguetona y tierna -.Me parece que este bebito –me besó en la barriga.

¿Bebito? ¿de qué estaba hablando? Fue en ese momento que miré hacia el costado y vi mi reflejo en un espejo cercano. Realmente había sucedido me había trasformado en un bebé con todas las letras. Entré en desesperación quise hablar pero una vez más lo único que se oyó de mi fue un llanto.

-Ya, ya –me calmó Gabriela mientras yo veía como me limpiaba la colita, aparentemente el mal olor que sentía provenía de mi- ¿Podrías ir a cómprame un paquete de pañales? –pidió a su marido el cual accedió y salió de la casa.

A solas me tomó en brazos, me acurrucó en su pecho, y mientras me mecía suavemente entonaba una dulce melodía. Al mismo tiempo yo intentaba entender que sucedía como es que me había trasformado de la noche a la mañana en un bebé.

-Eres la cosita más dulce y tierna que existe -me acarició la cabeza con una enorme sonrisa.

Esas palabras me hicieron reaccionar, el brujo realmente había cumplido mi deseo, lo había cumplido pero no de la forma en que ya quería que fuese.

El esposo de Gabriela regresó con el paquete de pañales y algunas otras cosillas. Ella volvió a recostarme en la mesa, fue en esa segunda oportunidad que recaí en la cuenta de que estaba completamente desnudo. Me colocó un pañal y luego un enterito de color rojo con los dibujos de unos conejos. Torpemente comencé a moverme, no sabía que los pañales podían ser algo tan incomodó, prácticamente no podía cerrar las piernas.

Tenía que encontrar una solución, de ninguna manera podría tolerar todo aquello durante mucho tiempo. No toleraría estar como un bebé mucho tiempo más.

El día prosiguió con continuas charlas entre Gabriela y Jorge debatiendo que harían conmigo. Yo por mi parte intentaba descubrir una forma de volver a la normalidad, cosa que no lograba descubrir. Lo que si descubrí es que no tenía ningún control de mi vejiga y esfínter. Mientras meditaba fui descubriendo como mi pañal se llenaba de pipi volviéndolo húmedo y pesado, intenté controlarlo, detener el pipí pero como a casi el resto de mi cuerpo nada no obedecía a mis órdenes.

La verdad estaba muy incomodó, pero más incomodó me hacía sentir que Gabriela me cambiara los pañales como si fuera un bebé, que me hablara como si fuera un bebé, en definitiva que me tratara como un bebé, lo que en realidad era.

Intenté aguatarme lo que más puede, pero finalmente también me hice popo y el mal olor me delató. Mi gran amor lo notó, me dio unos golpecitos en la parte trasera del pañal, al sentirlo pesado se dio cuenta de que lo había ensuciado.

Como siempre con una gran sonrisa, volvió a cambiarme de pañal, el segundo cambio en mi vida, y estaba seguro de que no sería el último a menos que encontrara una solución.

Gabriela era muy tierna y cálida conmigo, como lo sería una mamá. Por su parte Jorge apenas si me miraba (cosa que no me importaba), pero me preguntaba como ella podía estar con un tipo tan frio.

En mi nuevo cuerpo me cansaba más rápidamente es por ello que Gabriela me recostó en su cama y se colocó a mi lado, y acariciándome suavemente el pecho me hizo dormirme. Luego al despertarme, y notar que nuevamente habían mojado y embarrado mi pañal, me llevó al baño. Allí me limpió y luego me dio un baño tibió. Una vez limpio me colocó un nuevo pañal y me dio de beber una mamadera llena de leche.

A pesar de que esto no era lo que había deseado compartir con ella todos estos momentos me hacían muy feliz.

Luego de una semana era casi un hecho de que me quedaría con Gabriela y su esposo. Frecuentemente mi gran amor me llevaba a pasear en cochecito, yo aprovechaba aquellos momentos para mirar de un lado a otro esperando encontrarme con el brujo que me había hechizado, cosa que nunca sucedió.

En ese tiempo también construyeron una habitación para mí y la llenaron de cosas: una cuna donde dormía y sobre ella pendía un andador que lo ponían a funcionar para hacerme dormir. Había un mueble cambiador y en los cajones abundaban ropa de bebé: enteritos, mamelucos y demás cosillas.

Y por supuesto que en la habitación rebosaban las cremas, el talco y los pañales. Pañales a los que no podía acostumbrarme a pesar de usar un promedio de siete por día. Ni a eso me acostumbraba, ni a que Gabriela me viera solamente como un tierno bebito, a pesar de que me demostraba mucho cariño no era el que deseaba.

Hasta que finalmente un día no podía dormirme, con dificultad me bajé de la cuna y gateando (por que no podía caminar) fui hasta la habitación de mi gran amor. Cuando entré la vi a ella acostada junto a su marido, se acariciaban y se decían cosas mi bellas en cuanto a los sentimientos que se tenían el uno por el otro.

Fue allí cuando lo entendí por fin. No importaba cuanto hiciera, ella jamás regresaría conmigo  porque amaba a su marido.

Sentí una gran pena.

-Pero aún queda algo –me dije a mi mismo.

En seguida sacudí la cabeza para quitarme esa idea tonta, pero no se iba y cada vez eras más fuerte.

-Y ¿si me quedara como bebé? –me pregunté.

Así podría estar al lado de Gabriela para siempre, no de la forma en que deseaba, pero era mejor que nada. Después de todo no tenía nada bueno en mi anterior vida, podía empezar una nueva vida con Gabriela a mi lado, era perfecto, lo único que tenía que hacer era aguantar los pañales.

Regresé a mi cuarto. Intenté subir a la cuna pero se me hizo imposible. Grité por ayuda lo cual se manifestó en un fuerte llanto que hizo que Gabriela fuera a verme. Al llegarme me vio, me alzó y comenzó a mecerme.

-Ya, ya bebito, hermoso –exclamó.

Me colocó un chupete en la boca, me recostó dentro de la cuna otra vez, me alcanzó un oso de peluche y entonó una dulce canción para que me duerma. Antes de hacerlo me convencí de que pese a todo (la incomodidad de los pañales, a ser un bebé y demás cosas) me iba a quedar así, por ella.

Esa es mi gran historia, jamás volví a la normalidad, mi gran amor se convirtió en mi nueva mami, yo me quedé como el más dulce y tierno bebé.